Deo Augusto, un nuevo dios para una nueva era

Durante los dos siglos anteriores a Augusto, Roma había experimentado una gran expansión por todo el Mediterráneo.

Pero también en estos dos siglos, muchas instituciones religiosas habían caído en desuso por considerarlas arcaicas y poco adaptadas a los nuevos tiempos. Muchos aristócratas creían que los dioses habían infligido las desgracias de las Guerras Civiles porque los romanos no cumplían sus obligaciones religiosas con los dioses.

La sociedad, tocada psicológicamente por los estragos de las Guerras Civiles, discutió la necesidad de volver a cumplir, como en tiempos pasados, con una adecuada adoración de los dioses.

Fue aquí donde Augusto aprovechó una gran oportunidad para mostrar su piedad para con las costumbres de los ancestros: restauró ochenta y dos templos que estaban en extrema necesidad de mantenimiento.

De este modo, el Princeps se involucró en la nueva vida religiosa de Roma; pretendía volver a estar en paz con los dioses e iniciar así una nueva Edad Dorada de Roma para devolverle el esplendor que había tenido en tiempos pasados.

Pero no se limitó a rehacer templos y altares; lo más importante sería restaurar cultos antiguos y casi perdidos en una especie de reconstrucción histórica, como hizo en el momento de declarar la guerra a Egipto, a la vez que se presentaba a sí mismo por encima de los humanos, en una esfera divina.

Augusto había cerrado las puertas de Jano, las puertas de la Guerra, pero abrió las puertas de la religión, pura, dura y ancestral, a la sociedad romana.