15 de febrero, Lupercalia

Dice Ovidio:

La tercera aurora después de los Idus contempla a los desnudos Lupercos, y se celebran los misterios de Fauno Bicorne.

Las Lupercalia eran una famosa festividad celebrada el 15 de febrero en honor a Lupercus, una divinidad protectora del ganado frente al lobo (lupus) y a la que con posterioridad se le añadió Faunus, un antiguo dios campestre encargado de proteger los campos de cultivo y de proporcionarles fecundidad. Faunus fue asimilado al dios Pan cuando se helenizó la religión latina, por lo que se hibridó el lobo y la cabra.

Según Varrón, la celebración de las Lupercalia tenía como objetivo purificar al pueblo. No olvidemos que febrero viene de februaium, purificación, y que este mes se dedicaba a realizar rituales purificatorios en el mundo romano.
La organización de las Lupercalia la realizaba el colegio de los lupercos. Parece ser que en los primeros tiempos este colegio estaba formado por pastores, aunque más tarde sólo pudieron formar parte de él los nobles. Este colegio estaba dividido en dos grupos, los quinctiales y los fabiani. En el año 44 a.C. César creó una tercera sección, los luperci iuliani, cuyo primer representante fue Marco Antonio; parece ser que en esta época las Lupercalia habían degenerado tanto que el estado retiró su subvención hasta que más tarde llegaron a ser prohibidas.
Según Suetonio, Augusto renovó la fiesta y la revitalizó por tratarse de un rito que procuraba fecundidad. Sabido es que la política de este emperador se preocupó por la repoblación del imperio y por este motivo se promulgaron leyes que perseguían y castigaban el celibato. No obstante, Augusto prohibió correr tras los lupercos a los jóvenes para salvaguardar su honestidad.

De la celebración sabemos que las ceremonias se iniciaban el 15 de febrero en la gruta del Lupercal, en la colina del Palatino. De cómo se celebraba el ritual escriben autores clásicos como Plutarco, Virgilio, Dionisio de Halicarnaso u Ovidio.
Virgilio menciona el mavortis antrum, el sacrificio de un animal, cabra o perro indistintamente, que se realizaba en la entrada del Lupercal. El ritual estaba dirigido por el flamen dialis, que sólo presidía puesto que le estaba completamente vedado tocar ninguno de estos dos animales. Junto al flamen asistían también las vestales; de ellas nos cuenta Ovidio que se encargaban de la preparación de la mola salsa, una salazón sagrada a la que Ovidio llama februa. Dionisio de Halicarnaso afirma que estas ofrendas iban acompañadas de cantos en honor al dios Faunus-Pan.
Concluido este sacrificio se presentaban ante el altar dos jóvenes lupercos a los que el sacerdote manchaba las frentes con la sangre del animal sacrificado, momento en que los ungidos debían reír. Probablemente habría que asociar esta risa con un ritual de carácter aprotropaico. A continuación, los sacerdotes lupercos cortaban la piel del animal sacrificado para confeccionar correas, las februa.

Los lupercos iban semidesnudos; la iconografía los muestra con taparrabos, a veces de piel de cabra. Las fuentes citan que se pintaban la cara con la sangre del animal sacrificado y llevaban en la cabeza coronas de hierba.
Esta primera parte del ritual realizada en la cueva lupercal se transladaba después a la esfera pública y así comenzaba una segunda parte, consistente en la realización por parte de los lupercos de una carrera propiciatoria alrededor del Palatino. Esta carrera estaba vinculada a la fecundidad, puesto que con las correas de piel los sacerdotes lupercos golpeaban a las mujeres que encontraban en su camino. Ellas ofrecían sus espaldas y sus manos para recibir los azotes, que se suponía que debían volverlas fértiles:
“¿Qué esperas matrona? No serás madre tú merced a poderosas hierbas ni a mágicos encantamientos. Recibe los azotes de la diestra fecunda, y pronto tu suegro tendrá el deseado nombre de abuelo.”
Los hombres jóvenes salían al paso de los lupercos para limpiarles la sangre de la cara con una lana empapada en leche a la que Ovidio llama februs casta.

La ceremonia se finalizaba con un banquete con la carne de la víctima.